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viernes, 8 de julio de 2016

Era nada. Esa nada hastiante, lóbrega, deshecha, un pan hueco, una pared vana, un dolor inútil. ¿Servía? No, no servía. El niño chico también aprendió a recelar de él, de su carácter brusco y su conciencia resabiada que se desencajaba en golpes sin sentido, sin motivo. Lo miraba distante y se veía su rostro en calma y su sonrisa diáfana se le acercaba acobardado. Nunca estaba seguro. Nadie estaba seguro con él. Ella pensaba que era peor que el Doblao y se veía así, día tras días, temerosa recelosa de la noche que ser resolvía en silencio o con golpes, dónde había quedado las palabras de ánimo, dónde los afectos., Era él, su quieto cuerpo molesto, el sufrimiento compartido. obligado, impuesto. ¿Para qué? No fue un error fue un engaño, y luego ese niño, esa frustración y ese continuo quejido que abarrotaba toda la casa, y él levantándose y el llanto más ruidos, más ensordecedor y toda la noche acompasando a la criatura que lloraba sin saber y sin querer saber. Creía que él quería matarlo, supo que le preguntó  a la tía Luciana y que esta le insultó y le echó de cas como se echa a los perros, mientras él seguía ahí queriendo matarle, queriendo tener una noche tranquila, sin ella su lado, sin su cuerpo grueso balnda por el embarazo y sin el tonto, sin su cara vacía.

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